lunes , 6 julio 2020
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ENTREVISTA A UN FISIOTERAPEUTA EN ÉPOCA DEL COVID19

A veces las miradas acarician. En la UCI, con los trajes de protección, es difícil incluso mover un poco al paciente. Pero Alfonso Cosano (Córdoba, 1978) tiene unos ojos de un profundo verde turquesa que le han permitido acariciar a unos enfermos demasiado solos y asustados ante el virus imprevisible y traidor, solo con la mirada. Lo poco que se puede ver, claro, entre la escafandra y los tubos para respirar y comer. Una mirada que trata de calmar y acompañar. Alfonso ama a una profesión, la fisioterapia, a la que llegó casi por casualidad cuando en realidad creía estar destinado a la medicina. Ser hijo de una eminencia en respiratorio, el gran Andrés Cosano Povedano, no debe ser fácil cuando te trazan desde niño el camino hacia la profesión sanitaria. En realidad debe a su padre el que, dentro de la fisioterapia, se especializara en el aparato respiratorio y la vida, que tiene estas cosas, ha hecho que el hijo acabe tratando de una dolencia respiratoria al gran doctor ahora jubilado. Cuenta nuestro protagonista con la suerte – y así lo explica él- de trabajar en un hospital, San Juan de Dios de Córdoba, donde los médicos intensivistas creen y apuestan por la fisioterapia sobre todo con los enfermos críticos, y más en la reciente epidemia, con un virus que deja los pulmones hechos fosfatina.

 

– ¿Cómo le sentó a su padre que usted no estudiara medicina?

– (Risas) Fíjate que desde chiquititos teníamos, los seis hermanos, nuestras camisetas creadas por nuestros padres, en las que ponían nuestras futuras profesiones. Mi hermana era la ‘maestra’; Andrés, el ‘pianista’, y lo es; Enrique, el ‘ingeniero’, y lo consiguió; Daniel iba a ser otra cosa pero no lo hizo, y yo era el ‘medico’, Alfonso el médico. Mi padre me ha llevado al hospital a ver broncoscopias intervencionistas con doce años. Me levantaba a las 4 de la mañana porque un niño se estaba ahogando con un fruto seco y me llevaba con él para meterme en vena la profesión. Allí vestidos de verde los dos, y él animándome a presenciar la intervención – yo no veía nada- y sólo preocupado porque mi padre le salvara la vida a aquel chiquillo. Hizo todos los esfuerzos que pudo para que me impregnara de la sanidad. Y no di la nota. No he sido buen estudiante hasta el momento en que le vi las orejas al lobo, como suele ocurrir en la vida para otras muchas cosas. Mi nota en Selectividad fue un seis y pico y no puede entrar en la Facultad de Medicina. Decidí entonces hacerme técnico en radio diagnóstico y de ahí pasar a enfermería o fisioterapia. Mi padre me comentó que solía tener problemas para encontrar un fisioterapeuta antes que varios enfermeros, y eso fue lo que hizo decidirme. No tenía ni idea realmente de lo que era la fisioterapia. Me la imaginaba relacionada con el deporte sobre todo. Mi abuelo, que era médico militar, me preguntaba que si iba a estudiar lo de ‘los masajitos’ (risas). Fue un impacto salir de los Maristas e irme al Sector Sur, al instituto San Álvaro, pero me convertí en ’el empollón’. Y de ahí a Sevilla, donde acabé la carrera.

– Uno se imagina al fisioterapeuta arreglando un problema en los isquiotibiales, pero no ayudando a los pacientes de COVID19.

– El gran conflicto que hemos tenido con los pacientes de covid y sobre todo con los críticos es que, en cuanto empiezan a tener anomalías respiratorias, tú le puedes meter todas la drogas y antiinflamatorios para sacarlo hacia delante … ¿pero modificas el pulmón? ¿se cambia el volumen respiratorio? Aunque la máquina ayude a respirar la situación no cambia sola. Y después vienen las anomalías neuromusculares que provoca el virus. Hay una diferencia en salir sólo con una muleta a hacerlo en silla de ruedas. El objetivo es que se salga del hospital en unas condiciones buenas. Y eso depende del trabajo del fisioterapeuta.

– ¿Ha servido el coronavirus, entonces, para que se reconozca más el valor de la fisioterapia?

– Claro, porque se relaciona meramente con una cuestión articular o muscular y no se saca de ahí. Mi padre ahora lo ha agradecido mucho porque tiene una patología respiratoria y lo estoy tratando yo. Hice la especialización respiratoria cuando terminé la carrera y eso fue debido a la motivación de mi padre, pero es cierto que la gente no sabe qué hacemos los fisioterapeutas “¿Coger y soplar aire? ¿Eso cómo va?”. Es compleja la especialidad respiratoria. Una cosa es, por ejemplo, un niño con una fibrosis quística y otra es el paciente crítico. La diferencia importante es que el COVID no ha modificado nada, en realidad, del trabajo en la UCI del paciente crítico. Lo único que ha duplicado es el miedo atroz a no llevar el virus a casa y toda la parafernalia que hay que montar para la entrada y la salida que hemos tenido que aprender. Yo he aprendido a vestirme y desvestirme allí ,y eso era un ‘show’ continuamente.

– Sobre ese miedo atroz que comenta, imagino que ha tenido que ser duro porque su mujer también es sanitaria (matrona en el Reina Sofía) y tienen tres niños pequeños.

– Muy duro. Sobre todo para ella. Yo lo he vivido con la suerte de que he estado muy protegido. Llegaba a casa, dejaba los zapatos fuera y los desinfectaba, procuraba no tocar a nadie y me metía en la ducha. Pero mi esposa, esa ha sido mi sensación, tenía pánico. Se duchaba dos veces y lavaba la ropa a más de 60 º aunque se hubiera cambiado en la parte del sótano habilitada para ello. Todo lo que no hubiera podido controlar la asustaba, porque en realidad no ha estado tan protegida como yo.

– Trabajar como fisioterapeuta con esa protección debe ser muy difícil. ¿Qué ha aprendido de toda esta situación?

– A veces he tenido la sensación de que se puede banalizar lo que ocurre dentro de la UCI, es decir, te ves vestido de ‘buzo’ y crees que puedes trabajar normalmente. En algún momento ha entrado una enfermera y me ha dado un tirón  para bajarme la ropa porque se me había levantado la EPI por detrás y no me había dado cuenta, o los guantes se me habían abierto y estaba tocando al paciente. Es verdad que llega un momento en que pierdes el miedo. Tengo tres pacientes grabados a fuego en la memoria, de cómo me miraban y en esa mirada decir “Por fin entra alguien porque estaba muy solo”. Ya no  eres el fisio que vas a tratarlos, sino que te conviertes en una especie de ángel que vas a moverlos, a tocarlos… (se emociona). Tenía una paciente por la que no podía hacer nada y los médicos me insistían en  que siguiera con ella. Y entraba y lo que hacía era rezar un Padrenuestro cogidos de la mano. No sabía ya qué hacer porque también conozco mis limitaciones. Una paciente intubada, con un pulmón que no iba de ninguna manera, que sufre un ictus allí mismo… Yo la miraba, ella me apretaba la mano, le preguntaba que si queríamos rezar, rezábamos, le movía finalmente un poco la piernas y me iba.

Te descubres a ti mismo en ese ratito de silencio y tranquilidad. Posiblemente esa sea la enseñanza. Profesionalmente también he aprendido a sacar el máximo de recursos. Qué soy capaz de hacer con lo que tengo en las manos, sin poder utilizar un fonendo para no contaminar nada, tratando de entender los movimientos y gestos del paciente para comprobar si está tomando aire o no. Porque es que casi no se ve nada con la protección y te sientes muy perdido, por eso he tratado de sacar otros recursos.

– ¿Ha sido importante el centro hospitalario para poder desarrollar este trabajo?

– Sí. Tengo la suerte de que el jefe de UCI de San Juan de Dios, el doctor José Carlos Igeño ha postado por la fisioterapia desde el primer día que llegó. Yo soy más veterano que él. La UCI es más joven que yo en el hospital, y desde primera hora él quiso un fisio en cuidados intensivos y me animó a trabajar. Él ha creado una empatía especial con el resto de compañeros y todos los intensivistas confían en mí. Con mis limitaciones, pero voy allí a echar una mano y soy uno más de la casa. Y eso es un gusto. Que haya una parte tan específica del hospital donde te den esa confianza y responsabilidad y que te valoren así es genial.

– Supongo que eso no ocurre en todos los hospitales.

– No. Si algo he aprendido durante esta crisis es que en muchos hospitales la burocracia ha sido un conflicto para que los fisioterapeutas estén dentro de las UCI. ¿Por qué? Porque el neumólogo o el intensivista ven al paciente y comprueban que necesita un fisio, pero la burocracia dice que si no hay un protocolo estricto que justifique tal medida en según qué circunstancia -como si no tuviéramos autonomía para poder decidir-, tiene que pasar primero a solicitar los servicios por parte del jefe de rehabilitación del servicio y que luego él decida si va o no va…  Al final el fisio no acude, porque existe tal burocracia para que llegue que, sencillamente, no se hace. Yo lo fácil que tengo es que descuelgan el teléfono y me dicen “Alfonso, que te necesito aquí”. Pero eso solo lo permite un hospital como San Juan de Dios, pequeño, organizable, gestionable. Un gran complejo hospitalario que tenga 30 fisios o 40 boxes de UCI es más difícil de gestionar.

– Pues parece que durante la pandemia, contar con un fisioterapeuta en UCI o no contar con él, ha supuesto sobrevivir o no hacerlo.

– En algunos casos sí. Y de ver en qué condiciones sale un paciente de la UCI, porque a lo mejor consiguen salir hacia delante porque el problema respiratorio lo resuelven los médicos, y las máquinas de que disponen son muy buenas y funcionan muy bien. En nuestro caso, los intensivistas son muy buenos y tienen muy integrado el trabajo de ‘salir de la cama’.  Nuestra UCI es una ‘UCI humanizada’. Por ejemplo, en ella entran los familiares desde primera hora para acompañar al paciente – aunque con el COVID19 no, claro- pero están allí casi todo el día, sin horarios restrictivos. Eso te permite enseñar al familiar cómo se realiza el cuidado. Y como te digo, ya no es solo cuestión de supervivencia del paciente sino de cómo sale éste después. Porque se puede conseguir que la máquina te ayude a respirar pero, si no se hace nada a nivel motor, es posible que te quedes encamado, o que no consigas andar o tener secuelas por neuropatías.

– Usted de todas maneras no es un fisioterapeuta al uso. Se especializó en aparato respiratorio y en osteopatía. Tiene una visión en conjunto del paciente, no solo de una lesión determinada.

– Después de formarme en fisioterapia hice la especialidad en fisioterapia respiratoria con el único experto que entonces había a nivel nacional, en la Coruña. Un año yendo allí y viniendo. Una odisea. Pero tengo un recuerdo estupendo porque estaba con los mejores, con los que más sabían, entre ellos el profesor Vergara, que ahora está en Valencia. Fue una experiencia emocionante y sobre todo un reto de cara a mi padre, que no creía que yo podía ayudar a tratar el respiratorio. Trataba de conseguir demostrarle a una eminencia, como era don Andrés Cosano Povedano, que había una serie de técnicas especiales y recursos que podían hacer que aquello con lo que él trabajaba cambiara. Que un pulmón se modificara. Y a día de hoy, fíjate tú, lo está viviendo él en sus carnes.

Posteriormente me formé en osteopatía y todo ello me ha abierto la visión sobre el cuerpo humano. El cuerpo es muy complejo y tiene mil recursos para ordenarse y mil para desorganizarse. Si tienes un dolor en el codo que atribuyes a escribir con el ordenador, puede deberse a tu postura, a tu forma de relacionarte, o incluso a la visión, porque hay muchos problemas posturales a la hora de escribir debido a ello. Eso por cierto le suele ocurrir a los niños. El cuerpo es maravilloso, es sabio, y la osteopatía me ha ayudado a ver que yo puedo dar una serie de informaciones y el cuerpo tiene capacidad para reaccionar. No todo se arregla con ultrasonidos, microondas e infrarrojos.

Debo decir, no obstante, que quien generó el empuje profesional a hacer más formación y poner en valor la fisioterapia, dentro de mis posibilidades y capacidades, fue mi mentor Pedro Cuevas, coordinador durante muchos años del servicio de fisioterapia de San Juan de Dios. Se jubiló hace ya unos años, pero ha sido un referente profesional del gremio en Córdoba para mí.

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 ¿Hemos aprendido algo de estos últimos meses?

– Pues que el tiempo no tiene precio. Una de las cosas más emocionantes que he vivido ha sido cuando entraba en la UCI por la parte de ‘sucio’, en ese circuito que como siempre estaba sin parar y sin dejar de correr (en San Juan de Dios además está unido con el área de reanimación), y me ponía el traje de ‘astronauta’, entraba en la habitación y se paraba el tiempo. Se para el tiempo cuando ves a un paciente solo siempre, sin que ningún familiar pueda ir a verlo. Siempre solo. Yo veía a mi madre en aquella cama, y a mi padre en la otra. El tiempo, el valor del tiempo. El valor de un abrazo. Yo soy un tocón, me gusta abrazar y tocar. Pero no podía tocar al paciente: eso es anti fisioterapia.

Fuente: Lavozdecordoba

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