viernes , 12 agosto 2022
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Vivir después de un ictus: «Rehabilitarme es ahora mi trabajo»

Sonia tenía 39 años cuando un aneurisma, le provocó un derrame cerebral. Esto hizo que estuviera 30 días en coma. Durante ese tiempo, las personas que la rodeaban vivían preocupados porque los médicos aseguraban que no saldría de esta. Tres años después, Sonia puede contar esta historia y asegura haber salido «bastante bien».

Ha sido un largo proceso de recuperación, el cual sigue llevando a cabo en la actualidad: meses ingresada, años de rehabilitación, logopedas y  fisioterapeutas. “Llevo tres años rehabilitándome y lo que me queda. Rehabilitarme es ahora mi trabajo”, asegura.

Un aneurisma es una región inflada o debilitada de un vaso sanguíneo y, si no se trata el problema, crece hasta que el vaso se rompe provocando un ictus hemorrágico, algo que famosos internacionales como Hailey Bieber o nacionales como Jorge Javier Vázquez también lo han sufrido.

Según la Dra. Elena López-Cancio, secretaria del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la Sociedad Española de Neurología (SEN), “cualquier persona puede sufrir un ictus. En todo caso, se trata de una enfermedad en la que la edad es uno de los principales factores de riesgo y, debido al progresivo envejecimiento de la población española, se estima que en los próximos 20 años aumente cerca de un 40% el número de casos.»

Según datos de la SEN, unas 110.000 personas sufren un ictus en España cada año, de los cuales al menos un 15% fallecen y, entre los supervivientes, en torno a un 30% se quedan en situación de dependencia funcional.

En esta línea, la especialista destaca que el ictus es una enfermedad «tiempo-dependiente», es decir, «cuanto más temprana sea su detección, acceso a las pruebas y tratamiento, mayor será la probabilidad de sobrevivir a esta enfermedad y mayor también la de superarlo sin secuelas importantes».

Además de la pérdida de fuerza, las secuelas más comunes del ictus son la depresión (en el 64% de los casos), los problemas de memoria (incluida la demencia, ya que el ictus es la segunda causa más frecuente de demencia tras la enfermedad de Alzheimer), la afasia (problemas en el habla, la comprensión, la lectura y la escritura que afecta a un tercio de los supervivientes de un ictus) y la espasticidad (rigidez y tirantez de los músculos que interfiere seriamente en la capacidad para realizar actividades diarias). Más de un 62% de los supervivientes a un ictus en España tienen problemas de movilidad y casi un 60% tienen problemas para realizar sus actividades cotidianas.

Sonia tiene varias de esas secuelas: pérdida de fuerza y coordinación, disfagia, deterioro cognitivo y espasticidad. Esta última es la que más le está costando superar: “Tengo la secuela del habla, pero me ha mejorado mucho. Por la mañana lo llevo bien, pero por las tardes patino un montón con el habla. La memoria la tengo bien porque la he trabajado mucho, pero aun así no soy capaz de tener una atención fija. No obstante, en mi día a día una de las peores cosas que llevo es la espasticidad”.

Asimismo, comenta que la espasticidad le afecta a la pierna y al brazo derecho, el cual no puede mover. Además, su mano tiene movimientos limitados, que le imposibilita hacer movimientos como el de pinza. “Si estoy nerviosa, cansada o tengo frío, mi mano se agarrota y se me encoje el hombro y el codo. Me es difícil manejar esta situación”.

La espasticidad aparece en hasta en el 30-40% de los pacientes que tienen como secuela la parálisis o afectación motora de un miembro y puede llegar a ser muy incapacitante en hasta el 15% de los casos, como ocurre en el caso de Sonia. Es cierto que este efecto secundario pueden paliarse con algunos fármacos vía oral, pero muchas veces es necesario recurrir a inyecciones de toxina botulínica.

De hecho, Sonia se replanteó inyectarse botox, pero desde el Cedac le dijeron que no podía ser candidata, ya que por ahora tiene cierta movilidad en la mano gracias a la rehabilitación, la cual podría perder del todo si optara a dicho tratamiento.

Con todo ello, Sonia asegura haberse acostumbrado a la espasticidad: «Me sucede todos los días, pero el ser humano es inteligente y ya no me molesta tanto. Poco a poco he ido integrando mi brazo en mi vida y no me supone ningún problema. A veces tengo que ir al fisio porque se me revuelve y necesito que me lo coloquen. Me he mentalizado de que puedo tener espasticidad toda la vida y de que no voy a poder tener otro trabajo que no sea ayudar en la Cedac».

Ha sido un camino muy largo y a Sonia aún le queda mucho recorrido, pero tiene claro que le queda mucha vida por delante y como ha estado haciendo hasta ahora, va a seguir luchando para mejorarse: “No es fácil salir de esta situación cuando estás metida de lleno en ella, pero tengo 42 años y tengo que seguir adelante. He mejorado mucho. Antes iba a rehabilitación desde las 10 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Ahora solo voy 10 horas a la semana. También sigo con el logopeda y el fisioterapeuta».

Fuente: Consalud

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